En los dos últimos años, de acuerdo con datos oficiales, en Bolivia se han creado más de ocho mil nuevas empresas en distintos rubros; de éstas, la mayoría está conformada por unidades pequeñas y medianas. Sin embargo, independientemente de su tamaño, lo cierto es que podrán ser sostenibles sólo si invierten en las personas, perfeccionando sus conocimientos laborales, con opciones reales para aumentar su productividad y competitividad en el mercado. En consecuencia, las personas son el eje de la empresa, de ahí que su gestión adecuada, si bien es compleja, debe ser una prioridad.
Hoy se sabe que una certificación formal de estudios es sólo un prerrequisito para entrar a trabajar y eso es todo. La realidad está demostrando que el stock de información con que llega a la organización el recién egresado, en muchos casos es incongruente con la naturaleza y las exigencias de las funciones laborales que ha de desempeñar. Esto se explica por la desarticulación entre oferta formativa y demanda laboral que Bolivia acarrea desde hace varios años.
Según estimaciones del INE, apenas 3 de cada 10 trabajadores de la población económicamente activa en Bolivia, han culminado estudios de nivel secundario y/o terciario; siete, que tienen escolaridad inconclusa, están vinculados a la actividad productiva y han desarrollado en ella conocimientos empíricos que deben ser fortalecidos o cualificados, para aumentar su productividad y mejorar sus ingresos corrientes.
Hoy se pide del trabajador: innovación, sentido de urgencia, agilidad en el diseño de respuestas, eficiencia y capacidad para generar soluciones aplicables rápidamente. El tema es complicado porque las personas somos diferentes y tenemos visiones distintas, producto de la cultura o culturas en las que nos hemos desarrollado. Por esta razón, un modelo de gestión de personas, si ha de implementarse, tiene que estar pensado para ser dúctil y cambiar en el tiempo.
Por tanto, el modelo, para su instalación, deberá considerar inicialmente el diagnóstico del conocimiento productivo de las personas, luego promoverá su reconocimiento y perfeccionamiento permanente. Esta estrategia permitirá, por un lado, dar valor a lo mejor que tiene una organización: el capital cognitivo de la gente y, por otro, el empoderamiento y vinculación afectiva con la organización. La cualificación del conocimiento empírico, se convierte así, en un factor de productividad aumentando las posibilidades de competitividad de la organización en un entorno cada vez más desafiante.