Al inicio, mi intención era articular la “ciencia con la conciencia”, proporcionando información importante como la siguiente: 7 de cada 10 mujeres en Bolivia sufren algún tipo de violencia (Observatorio de Género de la Coordinadora de la Mujer), u otra referencia del Centro de Información y Desarrollo de la Mujer (CIDEM) que advierte que cada tres días una mujer muere en Bolivia como víctima de feminicidio. Aquí, el punto era entregar datos actualizados a las participantes, cincelando ideas y buscando la confluencia entre pensamientos y sentimientos.
Pero también se entregó información sobre una manera de transformar la situación. Se trataba de abordar la violencia de género desde el enfoque de las nuevas masculinidades. Es más, en los últimos años el análisis de la masculinidad ha empezado a visibilizarse por las críticas desde el feminismo, ya que la “normalidad” era simbolizada por el hombre heterosexual, blanco y de clase media o alta. Un “modelo hegemónico” de hombre que se constituía en la referencia principal, no solo desde la perspectiva física sino también de modos de conducta cotidiana.
Se expuso que en la década de los 80 del siglo pasado se inició una ola de estudios sobre los hombres en Europa y Estados Unidos. Las primeras investigaciones estaban enfocadas en la virilidad de los hombres y que por primera vez se analizaba la actitud y comportamiento de los hombres. Ahora, los últimos estudios, son más completos y presentan las diferentes masculinidades y los estereotipos de los hombres con el propósito de transformar el sistema actual.
El investigador Michael Kaufman afirma que “en un mundo dominado por los hombres, el mundo es un espacio de poder y de ese espacio hace parte el núcleo de la religión, la familia, las expresiones lúdicas y la manera de pensar”. Lo dice sin un pelo de rubor: “mucho de lo que nosotros asociamos con la masculinidad gira sobre la capacidad del hombre para ejercer poder y control”.
Kaufman, menciona que los hombres viven en una combinación de privilegios y de poder por solo el hecho de ser hombres. Contemporáneamente, se mantiene el estereotipo del hombre protector, atractivo, seductor; que esconde sus sentimientos para evitar mostrar su debilidad. Es el que lleva la iniciativa en todo, tanto en el espacio público como en el espacio privado.
Continuaba el evento. La metodología se prolongaba con la discusión sobre la situación de desventaja social, cultural y económica por la que pasa la mayoría de las mujeres en Bolivia, principales receptoras de violencia y agresión; la idea era comenzar por la mente, lugar donde germinan las semillas de la transformación verdadera, para pasar luego a la acción veloz: al empoderamiento de sí mismas. Era vital distinguir la violencia visible de aquella no visible; la primera consistente, sustancialmente, en la agresión física o verbal; de la segunda, que puede manifestarse en el sufrimiento interno o individual producto de una humillación o intimidación.
Otras formas de violencia invisible se pueden localizar identificando gestos de desaprobación y de descalificación personal; o detectando situaciones sutiles en las que uno no quiere o no desea hacer algo. Aquí hay que destacar que los agresores “no visibles” podrían ser jóvenes, adultos, incluso niños, con la posibilidad de ejercer sus ataques en las relaciones escolares, familiares o laborales.
Esta situación no está exenta de la realidad de organizaciones sociales, clubes deportivos, incluso de instituciones del ámbito religioso; aún más: la violencia no visible puede ser obrada contra uno mismo (en estado de tristeza o depresión) con expresiones duras y de descalificación propia o algo mucho peor.
Concluyeron las sesiones. No sé si habré logrado el objetivo previsto; sé que el grupo de mujeres con el que trabajé tiene la información y el conocimiento. Sólo el tiempo ratificará su voluntad de cambio o dará su veredicto de no haber alterado su situación. Quiera el destino que esto último no sea cierto.